Este ha sido el segundo año que he asistido a la Feria de Málaga de los tres veranos que llevo en Andalucía. He de decir que no soy muy amigo de las ferias tradicionales, ya que no me suele gustar montar en las atracciones, ni participar en las actividades, tómbolas, etc.. y además, la comida, deja mucho que desear en la mayoría de los casos.

Antes del viaje a Cádiz con mi hijo ya estuve en la Feria de Marbella que es un buen preámbulo (junto con la de Estepona) a la de Málaga capital.

Igual que sucede con la feria marbellí, en Málaga se realizan muchas actividades en las calles y plazas del centro. Ya el año pasado fue la única parada y disfruté al máximo tanto con mis amigos venidos de Valencia como con algunos compañeros del trabajo.

Por eso, este año, la primera parada fueron las calles del centro de Málaga, por supuesto, la archiconocida calle Larios que te lleva al centro de toda la fiesta con carpas, terrazas, escenarios, actuaciones, etc..

Cuando cerraba la tarde llego la hora de acudir al recinto ferial, situado en las afueras de la ciudad pero comunicado por autobús con el centro y con la estación. Ese es un punto importante, después del viaje de vuelta del año pasado preferí optar por el autobús.

En el recinto ferial la oferta es mucho más variadas, las casetas de todo tipo de asociaciones ocupan gran parte del espacio de ocio, además del área destinada a las atracciones, puestos de comida, etc..

Y es que las botellas de Cartojal, el vino dulce que se bebe en la Feria de Málaga, no perdonan. Entra muy bien y sale muy rápido, sobretodo si acabas bebiendo más de la cuenta.

Además del vino, cerveza, fiesta y movimiento de un lado para otro, porque parece que haya animación en todas partes y no sabes donde acudir, lo más destacado de esta feria es el ambiente festivo que hay, al menos en las primeras horas de fiesta.